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Analogías y metáforas para explicar matemáticas

Investigadores de la UNVM buscan en las capacidades pedagógicas de las metáforas la forma de hacer sencillo y divertido el aprendizaje de matemáticas. La hipótesis que fundamenta el trabajo establece que tanto las analogías como las metáforas son herramientas poderosas a nivel cognitivo y pedagógico, ya que son parte de la cotidianeidad humana. Los procesos de metaforización implican mecanismos de abstracción y conceptualización. De esta manera, campos disciplinares que se creían separados convergen en este proyecto original en Argentina.

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Penes y vaginas

La etimología propone, como dice Ivonne Bordelois, un recorrido arqueológico por las palabras. Una fascinante exploración de remotas e insospechas filiaciones. Ya incluiré alguna nota con fragmentos de esta autora. Ahora les presento al conocido traductor y lingüista Fernando Navarro.

Parentescos insólitos del lenguaje (Madrid: Ediciones del Prado, 2002), de Fernando A. Navarro, médico especialista y traductor médico, que busca sorprender al lector en el terreno de la etimología de las palabras, con la selección de términos parejos en su grafía, pero muy diferentes en su significado

pene y penicilina

En todos los idiomas, antiguos y modernos, abundan los sinónimos y eufemismos para referirse a los órganos genitales. Los romanos, por supuesto, no tenían nada que envidiamos en este sentido, como demuestran las siguientes metáforas latinas aplicadas al miembro viril, prodigio de imaginación lingüística: cauda (‘cola’), clava (‘porra’), gladius (‘espada’), radix (‘raíz’), ramus (‘rama’) y vomer (‘arado’). Por motivos obvios, una de las metáforas genitales más universales consiste en comparar el miembro viril con la cola de los animales; entre nosotros, por ejemplo, el eufemismo ‘colita’ es muy frecuente en el lenguaje infantil. Los romanos llamaban penis (del verbo pendere, ‘colgar’) a la cola de los cuadrúpedos, y emplearon también este término como eufemismo para referirse al falo. Curiosamente, esa metáfora popular de los romanos se ha convertido para nosotros en un cultismo que únicamente conserva ya su sentido anatómico de ‘miembro viril’: pene.

El diminutivo peniculus o penicillus (‘colita’) se aplicaba, asimismo en sentido metafórico, al pincel de los pintores, por su parecido innegable con la cola de los animales. Idéntico sentido ha mantenido hasta llegar al castellano pincel —a través del latín vulgar penicellus y, posiblemente, el francés medieval pincel o el catalán pinzell—, y también a otros idiomas europeos, como demuestran el alemán Pinsel (‘pincel’), el inglés pencil (‘lapicero’) o el francés pinceau (‘pincel’).

En medicina, recurrimos también al penicillus latino para dar nombre a las estructuras anatómicas que poseen forma de pincel, como los penicilos o arterias peniciladas del bazo. De modo similar debieron de razonar los científicos del siglo XIX cuando decidieron llamar Penicillium a un género de hongos diminutos con conidióforos ramificados, en forma de finos pinceles. Se trata, por cierto, de unos hongos deliciosos, bien conocidos por los gastrónomos desde los tiempos más remotos. La especie Penicillium roqueforti, por ejemplo, es responsable del aroma y el sabor del roquefort, uno de los quesos más antiguos, citado ya por Plinio el Viejo, y queso favorito de Carlomagno. Gracias a otros miembros del mismo género —Penicillium crustaceum y Penicillium glaucum—, disfrutamos del cremoso camembert.

De amplia distribución en la naturaleza, estos hongos contaminan con frecuencia los medios de cultivo, para desesperación de los microbiólogos. Talle sucedió en 1928 a un bacteriólogo londinense llamado Alexander Fleming, quien, al ir a desechar una placa de agar contaminada por un hongo del género Penicillium, observó que esta contaminación accidental había inhibido el crecimiento de las colonias de Staphylococcus aureus. Tras cultivar el hongo, comprobó que el filtrado de los cultivos contenía una hipotética sustancia antibiótica a la que el 7 de marzo de 1929 dio por nombre penicillin. Purificada y ensayada clínicamente por Florey y Chain en 1941, la penicilina fue uno de los primeros antibióticos comercializados, y también uno de los más potentes, todavía ampliamente utilizado más de sesenta años después.

Hoy es difícil imaginar lo que supuso la penicilina hace medio siglo. Por primera vez en la historia, los médicos podían combatir con eficacia neumonías, meningitis, endocarditis y otras infecciones bacterianas mortales. Algo del ambientillo de la época se respira en las escenas de The third man, con guión de Graham Greene, que gira en torno al lucrativo negocio del tráfico de penicilina adulterada en la Viena de la posguerra. Buena ocasión, por cierto, para volver a ver la película de Carol Reed, las estupendas interpretaciones de Orson Welles y ]oseph Cotten, y volver a escuchar su inolvidable tema musical interpretado con cítara.

Autor Fernando A. Navarro

Sobre el lenguaje

vagina y vainilla

La vagina, ¿quién no sabe qué es la vagina? Y no me estoy refiriendo sólo a los médicos, que usan las palabras vaginal y vaginitis —o, en otros contextos, invaginación intestinal— como quien habla de habichuelas o garbanzos. Lo que pocos saben es que esta palabra latina, que el pasar de los siglos no ha modificado lo más mínimo designaba originalmente sólo la vaina de una espada, y su uso para referirse al órgano femenino situado entre la vulva y la matriz se inició no como tecnicismo médico, sino como taco o palabra obscena. Si los romanos llamaban gladius (‘espada’) al pene, ¿qué más lógico que llamar vagina a su funda natural? El sentido médico de vagina, que desconocieron los autores clásicos, únicamente comienza a verse con los anatomistas renacentistas, que hablan ya de vagina uteri (‘vaina del útero’).
Cito:

El latín vagina se ha mantenido inalterado sólo en el lenguaje médico, siempre tan conservador, pues en el lenguaje vulgar se transformó en vaina. En las películas de caballeros medievales, piratas, espadachines o mosqueteros, por ejemplo, se pasan el tiempo envainando y desenvainando las espadas. Esta identidad de ‘vagina’ y ‘vaina’ puede parecer sorprendente a muchos hispanohablantes, pero es de lo más natural para quienes hablan alemán. En el idioma de Goethe o Schiller, efectivamente, la palabra Scheide significa ‘vagina’, pero también ‘funda’, ‘estuche’ o cualquier tipo de vaina, incluidas las vainas tendinosas o fibrosas. Tampoco distingue éstas de la vagina, por cierto, la nomenclatura anatómica internacional, que utiliza nombres latinos.

Y hay muchos más objetos parecidos a una vaina; es el caso de la vainica, labor de costura que se hace para sujetar los dobladillos. Por su parecido con las vainas de espada, se dio también el nombre de vainas a las cáscaras tiernas y largas en las que están contenidas las semillas de algunas legumbres, como las judías verdes —o frijoles; que en Perú y Venezuela llaman precisamente vainitas—, los garbanzos, los guisantes y las arvejas.

Cuando los españoles llegaron al Nuevo Mundo, encontraron allí multitud de frutos y plantas que desconocían, como e! tomate, la patata, la zarzaparrilla, el maíz, el guayaco, el cacao, el tabaco, la coca, el cacahuete, la guayaba o la piña. En Méjico descubrieron una planta orquidácea con frutos capsulares largos y estrechos, y muy olor de gran parecido con las vainas de las judías; tanto, que la llamaron vainilla. Las primeras noticias escritas las dejó el toledano Francisco Hernández en su Historia de plantas de Nueva España, resultado de la primera expedición científica a América (l 570-1577); en el apartado que titula Del tlilxóchítl o flor negra describe sus «vainas largas, angostas, casi cilíndricas». El españolísimo y coloquialísimo nombre de ‘vainilla’ pasó a casi todos los idiomas cultos, a veces directamente (vainiglia en italiano; bainilha en portugués), pero generalmente a través del latín botánico Vanilla planifolia (vanille en francés, holandés y alemán; vanilla en inglés; vanilje en noruego; vanilie en rumano; βανίλλια en griego moderno; vanilya en turco; wanilia en polaco; vanilka en checo; ванипь en ruso).

Lo más curioso del caso es que, cuando los químicos extranjeros han ido después aislando diversas sustancias químicas a partir de esta planta, los hispanohablantes, olvidando el origen español de su nombre, han adoptado con frecuencia la grafía incorrecta sin i. Así ha pasado con los tecnicismos vanillin (la forma correcta no es «vanilina», sino ‘vainillina’), vanillism (no es «vanilismo», sino ‘vainillismo’), homovanillic acid (no es «ácido homovanílico», sino ‘ácido homovainíllico’) y homovanillilmandelic acid (no es «ácido homovanililmandélico», sino ‘ácido homovainillilmandélico’).

Autor Fernando A. Navarro

Sobre el lenguaje

Allí encontrarán más parentescos insólitos.

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